Es sábado. Tal vez no. Y resulta que
me he extraviado. En algún vértice de segundos y rincones azules, de espasmos
musculares y anillos de ultramar. Entre el jueves, la autopista hacia el norte
y las equívocas instituciones de los relojes, la métrica de los símbolos, las riberas
de la infancia y las máquinas de cal. Alguna vez, las orillas repletas de
balbuceos aterciopelados y los dedos sangrando como amantes, bestias resplandecientes
y campos de amapolas incendiadas, certeros disparos de placer en el fondo de la
carne, sopa humeante, sólo huesos recostándose en mis huesos como un cuerpo atravesado
sin fronteras. Sábado. Probablemente. O domingo transitado por chaparrones que
marean y arcos de tabaco, puentes que establecen una construcción de contacto,
una insinuación de vasta arquitectura entre el vacío y la piel, anestesia y
hambre, por momentos satisfecho, y otras veces, como vidrio creciendo en la
retina de la boca, en el labio húmedo de los ojos que se acechan vaciándose el oxígeno,
en secreta simetría. Y quiero respirar, torcer el cauce de las luces y el
cemento, para luego verlos desbordar, llenarme el estómago de minutos como el
sol y de veredas sin contexto. Sábado. Es así. Seguramente. Me he perdido. En
un hueco oculto de la madrugada, detrás de toda cifra y algoritmo, sin ánimo de
atestiguar contra palabras un escenario pretendido, y digo
sábado de nuevo, martes, viernes, surco abierto y alas como párpados que
tiemblan, fruta dulce madurando bajo sombras peculiares, tensión líquida de
goces silenciosos. Repito. Sábado. O todas las sonrisas que le siguen.
domingo
martes
El Otro
El otro. En cada hilo de voz que designa
y se repite, en cada fragmento de espacio repleto de íconos y sombras, en cada mineral,
periferia, sustancia, en cada partícula de tiempo, el otro. Dije alguna vez haber
visto allí el cuerpo enemigo, la imagen duplicada de aquello que no es, no está,
trama de ensueños y metales ardiendo, el lobo entre la niebla, los dientes de
fuego, el cliché, pero salvo cuando… y excepto… en el preciso momento del desdoble,
de la partición del oxígeno, el músculo y la luz… y de imprevisto, precipitándose,
la percepción anónima, el espectro de la propia ausencia proyectada, el otro… Con
frecuencia me he preguntado, también, sin alcanzar una respuesta irreductible,
si el límite no es acaso tan sólo aparente. Si el confín de la forma es tal, y
luego le sobreviene la forma siguiente, consecuente en color, favorable en definición
y estructura, sobre un punto dado, en un instante específico; o tal vez, por el
contrario, los puntos se cierran sobre ellos mismos, la parte iguala al todo, los
instantes se pliegan y repliegan, se resume la trama de la noción y la acción,
y allí donde se presumía una frontera, un quiebre hacia… un contacto con… reside,
verdaderamente, la perpetua unión de representación y figura, de esto y
aquello, del espejo y su fantasma, de la carne y su herida, de un rostro en pausa
y su eterna contemplación… por qué no, también, de quien escribe y el otro.
jueves
De coincidencias y costumbres
Para empezar, es común enamorarse. O
bien, suponer estarlo, intuirlo, tal vez ser partícipe de un sutil
encantamiento… Dejando de lado caprichos semánticos: un evento de naturaleza
ordinaria. Proclive a suceder en un tren andando, sobre una cadena montañosa
cubierta de nieve y lunas llenas, dentro de un salón de máscaras y aires
acondicionados, o en una terraza a cielo abierto por donde se derramará el
verano; de todos modos, un acontecimiento propenso a reproducirse en vigilias de
ultratumba, en amaneceres rayados por el sol y la victoria, detrás de persianas
que se abren y se cierran, en un cruce de autopistas y estaciones de servicio,
en la espuma del café que ha rebalsado y nos reímos, nos miramos, y hasta en cajas
de zapatos, por qué no. Un hecho trivial, por supuesto, saturado de rutina,
cigarrillos, crepúsculos y lenguas amordazadas, multiplicándose durante los
siglos de los siglos, de las caras y las manos, con los dedos entrelazados,
bajo el perfume de una melodía y sus recuerdos impermeables, desde las bocas que
tienden a suplirse, y más allá del fuego de arquetipos. Un evento recurrente en
el rubor de las mejillas, en el ritmo de las panzas, en las caderas acuosas del
amante, en la marea atizada por el fervor de lo inconcluso, de lo que tenderá a
su falta o complemento; por cierto, esa fruta brillante en los dientes que
apuntan al cuello, en las miradas que huyen por los párpados, resbalan por los
brazos y luego caen al suelo. No procede
ninguna novedad, desacato o rebelión, en aquella búsqueda atávica de incendiar
los pies junto a los pies, de trabar la puerta y quemar suspiros. Simplemente,
ha de instaurarse como una sucesión de coincidencias que suelen derivar de la
persistencia por nacer y morir; que así brota de la tierra y de los huesos, que
se refina desde modales, tramas y símbolos intrépidos, pero que, sin duda,
salta y escupe, infla los ojos, las narices, y rompe nuestras formas y colores,
para luego rearmar las estructuras, una y mil veces, olvidando algún detalle, o
agregando tres o cuatro, dándonos la oportunidad de encontrarnos sorprendidos,
conjugarnos como cándidos ejecutantes de una misión allí elevada, batallando
entre azoteas y panteones, comiéndonos las uñas, jugando a la escondida, al policía
y al ladrón, a la rayuela, convencidos de que hay leyes que están para
quebrarse, cavilaciones y heridas sobre guerras antiguas y cuerpos infinitos,
un pasaje al otro cielo, sonrisas nebulosas y lágrimas soleadas, que se apagan,
se prenden, pero siempre confundidos, sin saberlo así mareados, desnudos sobre
el cadalso de las sombras y las flores, insertos en el corazón de la paradoja: que
no hay salida, que nunca hubo, que no es un juego, pero es tan fácil.
viernes
Las formas del mundo
Así como querer explicar la
cuadratura del círculo. La tentativa de introducir la fracción triangular en el
espacio redondo, de juguete, insignificante, pero de infinitas opciones
canceladas, de formas sabiendo de formas. Al igual que el puzzle que pareciera no
alcanzar a completar sus propias piezas, repitiéndose así mismo en la falta
constante, como al conjugar las partes, otros fragmentos desaparecen de la
mesa, del aire, del cuerpo, como si nunca hubieran estado allí, y más bien
habrán de componerse en otro planeta, donde no haya lógica aparente que determine
el sentido de las cifras o la correlación de significantes, ni reglas que
imperen para que dos líneas paralelas no amenacen súbitamente con cruzarse, con
romperse en un choque de imposibles, de luces que se encienden cuando todo se
ha apagado, donde aquello que era oscuro se nos abre como un surco en la retina,
y el mundo que hemos visto, de repente, ya no sirve ni siquiera para establecer
los mapas o regular despertadores…
jueves
Insinuaciones
Hay por acá una sustancia inasible, vaporosa,
flotante entre el plástico y la madera, entre las sillas y los estantes, entre
la yema de los dedos, los zapatos y las voces que interfieren el espacio, que
bla y que bla. Hay aquí meciéndose en la porosidad del aire, una forma sin
materia explícita, una especie de… algún tipo de insinuación que… y así podría
seguir, perpetuarme hasta el principio del final del principio, dejándome
constituir por esto que no… abundando entre la irresolución y el
no poder pronunciar, ni conocer… entendiendo que la vedada popa, o el destello
más allá al final, o el semi piso de la escalerilla que lleva a… nos deja en…
meras conjeturas… saltos al vacío…y así sorberé el café, firmaré un papel,
pudiéndome extraviar, fingiendo con cerrar… abrir… salir… intentando en vano
concentrar y amontonar, fijar en un segundo contra el blanco de la luz, el
nombre que no hay, la cosa que no es… todo lo que no sé, y muero por morder…
viernes
Desaparición (en ocho pasos)
I
Ahora, recorto mis bordes, mi forma, aquí, me defino, pero sólo porque ya he desaparecido, y este hueco que queda es mi nombre...
II
Ya no hay nada. Nada que decir, hacer, nada donde ir, gritar, morir. Nada está aquí, allá, adentro, o afuera. Nada despierta, duerme, suscita el clamor salvaje, la cosa misma, la sangre del sueño, y nada más que el hueco azul y negro, el agujero incierto, el Incendio blanco, no soy aquí, ni allá, ahora, nunca más, nada hay, no ya.
III
La casa sobraba. Le cabían cualquier cantidad de espacios vacíos. Dos gatos negros. El sin fin del océano abriendo ventanas. Mil peces dentro de una sonrisa. Las mil y una noches. Las sombras y los ecos del acierto y del fallo. La luz de las blancas esferas que el sol colgaba en el techo. La inmensidad de planetas. Le cabían los dioses, los monstruos, la sangría de los cuerpos y el Minotauro de plomo; la costilla partida y la lengua de Eva. La casa sobraba. Nosotros faltábamos. Todas las horas. Todos los rincones. Faltábamos.
IV
El incendio creció del Sur, de la tierra del corazón, embistió como un cuerno de fuego contra las formas, los moldes, contra el yeso blando de las estructuras…
Y ahora, iremos saltando por los techos, a buscar nuevos hogares, llenar cuartos vacíos; a través de estas horas desiertas, con el espanto en la boca y la fiebre en los dedos.
V
Y la luz partió la sombra de un suspiro. Como la ciudad quiebra el espacio, entre el suspiro y la luz. Allí mi sombra...
VI
La deficiencia del tiempo para no quedarse aquí, para no ceder las horas, los minutos, los segundos a la buena voluntad, al afán por el objeto infinito, heterotópico, donde nada es aquí, nada es ahora; tampoco allí, tampoco mañana. Como en el preciso instante antes de dormirse, la señora mayor a instancias de Borges, sobre espacios de Bradbury, bajo ritmos de Gilmour, en el lienzo de Pollock y acelerando las crónicas de todos los planetas que giran a todas las luces todas las alarmas sonando y las celebraciones en la fiebre del aire y los años nuevos vencidos por venir y el amor en los pulmones de las frutas, las rodillas que brotan de la tierra , las narices colgando de los besos y las orejas verdes azules las olas y los estallidos en los vientres, la vuelta a la calesita, a la casa, la radio encendida en un portafolio puntual las manos del padre bien abiertos los ojos de la madre, todo junto, se enchufa, se rompe, se cae, salta, patalea el trueno, el embrión, los aeropuertos partidos por un rayo en una lágrima y el tiempo que no se queda aquí, ni allá, más bien informa, notifica, su tragedia, su pasaporte invencible hacia la piedra en la piedra.
VII
No existe mecanismo para librarse de las bestias.
Dentro de. Fuera de.
En todas partes, su reflejo. O su sombra.
…………………………………………………...
La fachada del tiempo.
Sus instituciones.
Maniquíes, algoritmos y rutinas.
Dentro de. Fuera de.
Todas estas bestias. Todas.
VIII
Y la ciudad no concilia el sueño. Y sus reflectores, sus proyectiles, sus verticales luminarias me queman los párpados. Y andamos sin rumbo, develando las sombras de antenas y torres, el grito salvaje de alarmas moradas, las costillas partidas de un pulmón de argamasa, de ladrillos sulfúricos. Allí donde vamos. No sé. Allí donde vengo, me duele. Doliendo y saltando, de vuelta en cornisas, paneles de óxido, trepando el ardor en las manos, el viento cerrado en el pecho y la frente dorada, persiguiendo el asfalto y las vigas, y los trenes alados. Jazmines y barcos prendiéndose fuego – atrás ya no hay nada – el martillo del tiempo ha quebrado las huellas, el mar del espejo, las armas descansan en islas desiertas, las guerras se ganan, se pierden, los peces se ahogan, la orilla declina, se invierten los polos, los ojos se nublan, las bocas… las víctimas trazan el mapa; las nuevas propiedades del mundo.
(bis)
Dejar pasar el tiempo. Como si eso fuera bajo alguna circunstancia practicable. Más bien. Como si hubiera la menor perspectiva de hacerlo por la fuerza de la propia voluntad, ejerciendo algún misterioso derecho o insólita soberanía. Es, simplemente, imposible, ya que a su vez, por lo tanto, procede inevitable. No puede hacerse, por cuanto se hace solo, a sí mismo el tiempo se deja pasar, sin la mínima intervención nuestra, o siquiera mediando un plebiscito u opinión al respecto de esta propiedad. Incluso con desdén, con un gesto de omnipotencia que radica y se consume en el punto en que esto naturalmente sucede, a expensas de cualquier disposición en contrario que esbozáramos a modo de vana resistencia o capricho. Y depositados en esta tautología, arrojados al espanto de no poder ser partícipes de la definición de las categorías de acuerdo a las cuales se despliega el plano del dolor y de la alegría, del sexo atómico y de los muebles quietos en los sótanos, de los pájaros que trazan el horizonte y de los cables que pulsan el teléfono, aquí dentro de un juego de espejos donde el infinito existe por la mera ingenuidad de que no sería categórico afirmar lo contrario, y entonces el reflejo nos devuelve la idea de que pronto podremos ser otro reflejo, y otro, hasta que las instancias ofrezcan tal superposición que el tiempo nos atravesará con una línea de espacio metálico, o dos flores de invierno clavadas, y ya veremos el susto, sí, la médula dispersa de la blanda noción de existencia, tan fluvial, sísmica, derrotada, que no será menos que una suerte de aparición sucediendo a la deriva.
lunes
Desiertos
I
En el peor mundo,
tu cabeza.
A veces pareciera que esta hoja aquí de frente me atraviesa,
sin siquiera yo acercarme.
Que soy blando como el aire o soy el aire,
y que a lo único que tiendo es a persistir en disiparme.
tu cabeza.
A veces pareciera que esta hoja aquí de frente me atraviesa,
sin siquiera yo acercarme.
Que soy blando como el aire o soy el aire,
y que a lo único que tiendo es a persistir en disiparme.
II
Imperfecto,
roto,
fláccido y hambriento,
son los adjetivos para esta forma ausente;
orden insoluble, vacío vertical,
columna sin cabeza, espíritu blanco allí donde he creado/han creado,
este cuerpo que no es otro más que
aquel cuerpo enemigo.
Imperfecto,
roto,
fláccido y hambriento;
a pesar de los esfuerzos, de la sangre hecha de tiempo, de cada cosa que permanece atragantada y permanecerá.
roto,
fláccido y hambriento,
son los adjetivos para esta forma ausente;
orden insoluble, vacío vertical,
columna sin cabeza, espíritu blanco allí donde he creado/han creado,
este cuerpo que no es otro más que
aquel cuerpo enemigo.
Imperfecto,
roto,
fláccido y hambriento;
a pesar de los esfuerzos, de la sangre hecha de tiempo, de cada cosa que permanece atragantada y permanecerá.
III
A la 1:11,
fiel a tu forma y figura,
cifrado en mi espejo,
tenaz confidente,
junto a ti, mi silencio,
tus manos en mis dedos,
(mis dedos en tus manos),
no habrás de claudicar,
porque aquí estoy,
cifrado en tu espejo,
fiel a mi forma y figura,
junto a mí, tu silencio,
a la 1:11,
yo he escrito este poema.
fiel a tu forma y figura,
cifrado en mi espejo,
tenaz confidente,
junto a ti, mi silencio,
tus manos en mis dedos,
(mis dedos en tus manos),
no habrás de claudicar,
porque aquí estoy,
cifrado en tu espejo,
fiel a mi forma y figura,
junto a mí, tu silencio,
a la 1:11,
yo he escrito este poema.
IV
¿Cómo recuperarte? Ayer, sí, ayer. Creí verte en un
rayo de sol.
No. Perdón. Los perros te ladraban.
Qué gramática la mía. La de no poder decir que sí sin repetir. Sí.
Te he visto. Sí. ¿Cómo ser como un perro, cómo?
No. Perdón. Los perros te ladraban.
Qué gramática la mía. La de no poder decir que sí sin repetir. Sí.
Te he visto. Sí. ¿Cómo ser como un perro, cómo?
V
A fin de cuentas,
se fueron los hijos,
los padres,
ayer, mañana, fueron, serán,
persianas cerradas, pupilas de cal,
y detrás de la escena, allí,
lo recto y definitivo, el espejo rotundo,
el maravilloso desfile de sodio y de calcio;
hasta siempre se han ido,
los padres,
los hijos,
nosotros, ustedes,
las velas no arden,
no pueden las manos,
tijeras y vendas,
la voz que se apaga,
el tiempo presente,
pasado,
futuro,
he dicho,
diré,
lo mismo,
se ha ido,
o se irá.
se fueron los hijos,
los padres,
ayer, mañana, fueron, serán,
persianas cerradas, pupilas de cal,
y detrás de la escena, allí,
lo recto y definitivo, el espejo rotundo,
el maravilloso desfile de sodio y de calcio;
hasta siempre se han ido,
los padres,
los hijos,
nosotros, ustedes,
las velas no arden,
no pueden las manos,
tijeras y vendas,
la voz que se apaga,
el tiempo presente,
pasado,
futuro,
he dicho,
diré,
lo mismo,
se ha ido,
o se irá.
VI
Un rastrillo.
Una tijera. Cortando melodramáticas huellas de cal.
Un rompecabezas. Las piezas. Cabezas.
Un yunque. Compruebo el metal. Febril picaporte.
Detrás ya no hay nadie.
Un grito histérico. Un sombrero de paja.
Temo aún por el correr de las horas. Los ojos vendados.
Un microondas. Un cielo raso. Un pájaro inmóvil.
Reloj cenicero. Adiós cenicienta.
Un balcón que se agacha en la sombra. La mosca infinita.
Un corpiño de encaje. Aquí y allá las paredes. El aire en el medio.
No deviene no sangra no creo que el sol. Ya debería haber, pienso.
Dos salas de espera donde esperan las manos la estaca.
De nuevo un rastrillo.
Una tijera. La astilla del tiempo clavada en el hueso.
Compruebo el metal. Otra vez ya no hay nadie.
Quisiera escuchar al menos como crecen los años.
Silencio de radio, me dicen.
Quisiera un megáfono.
Una tijera. Cortando melodramáticas huellas de cal.
Un rompecabezas. Las piezas. Cabezas.
Un yunque. Compruebo el metal. Febril picaporte.
Detrás ya no hay nadie.
Un grito histérico. Un sombrero de paja.
Temo aún por el correr de las horas. Los ojos vendados.
Un microondas. Un cielo raso. Un pájaro inmóvil.
Reloj cenicero. Adiós cenicienta.
Un balcón que se agacha en la sombra. La mosca infinita.
Un corpiño de encaje. Aquí y allá las paredes. El aire en el medio.
No deviene no sangra no creo que el sol. Ya debería haber, pienso.
Dos salas de espera donde esperan las manos la estaca.
De nuevo un rastrillo.
Una tijera. La astilla del tiempo clavada en el hueso.
Compruebo el metal. Otra vez ya no hay nadie.
Quisiera escuchar al menos como crecen los años.
Silencio de radio, me dicen.
Quisiera un megáfono.
VII
Qué soledad cuánta
porquería plástica congregación pegajosa
de techo inmune, piel de erizo, dentífrico sobrante,
quietud de anteojo nuevo, atún que nunca dije me gustara
y bandoneón de esquina antigua trepándose a relojes;
a la vez que este exceso de retina viscosa sobre estantes, mesas,
cómodas con pelos, criterios de hojalata, huevos de mosquito y tornillos
arrastrándose entre lunes martes miércoles azules y de humo
por los codos, por las lenguas de aserrín y alcantarillas
en las sienes mueren topos y los dedos fatigados de agitarse el cerebro
en la perinola de la almohada y el guiso de noticias y
culebras de Rumania por las medias.
Qué soledad tanta la mía como aquella del vecino mucho gusto
de la dulce sueños madre mía, hermano tuyo y donde quiera
que adolecen las rodillas y el microondas de gemidos pararrayos vacas vivas carne joven al momento que arrecian perchas negras como flechas de tormenta,
y estimados señores y señoras del consorcio me remito a la evidencia,
a su disposición péndulos curvas y rectas y modales ya no existo
de tanta soledad qué porquería.
porquería plástica congregación pegajosa
de techo inmune, piel de erizo, dentífrico sobrante,
quietud de anteojo nuevo, atún que nunca dije me gustara
y bandoneón de esquina antigua trepándose a relojes;
a la vez que este exceso de retina viscosa sobre estantes, mesas,
cómodas con pelos, criterios de hojalata, huevos de mosquito y tornillos
arrastrándose entre lunes martes miércoles azules y de humo
por los codos, por las lenguas de aserrín y alcantarillas
en las sienes mueren topos y los dedos fatigados de agitarse el cerebro
en la perinola de la almohada y el guiso de noticias y
culebras de Rumania por las medias.
Qué soledad tanta la mía como aquella del vecino mucho gusto
de la dulce sueños madre mía, hermano tuyo y donde quiera
que adolecen las rodillas y el microondas de gemidos pararrayos vacas vivas carne joven al momento que arrecian perchas negras como flechas de tormenta,
y estimados señores y señoras del consorcio me remito a la evidencia,
a su disposición péndulos curvas y rectas y modales ya no existo
de tanta soledad qué porquería.
martes
jueves
Medusa
Trajo su cuenco de
espuma y navajas,
sus manos sonrientes como
orquídeas y arpones,
el vuelo del pájaro
negro pintado en la boca,
las mínimas uñas
vestidas de rojo y sus alas violetas,
una turba indomable de
especies monstruosas,
de tijeras que soltaban un
perro tras otro y la rabia,
los días ahorcados en su
escote de leche amarilla,
el sexo amputado como
los ojos de un sótano,
la desnudez que eyaculó –
raquítica y macabra –
la fiebre, el dentífrico
y su orfandad sobre las horas.
miércoles
La máquina verde
Allí
estaba. Inamovible. Por persistir en la equivalencia. En el juego de espejos de
un día contra el otro. Aunque se constituyan yendo, más bien, en este caso,
rebotaban.
Porque
hubo de recalar entre mis manos, y yo con los ojos bien abiertos. Absorto en el
intervalo que pareció satisfacer, gracias a su avenencia y magistral sentido de
oportunidad, la demora de una instancia a merced de vendas y mordazas; las
advertencias de supuestos amigos y parientes no fueron más que una comparsa de
murmullos apagándose lejos, detrás de la escena.
Demasiado
metálico, verde mineral, compacto e infalible como un clavo puesto en la
cabeza. Y mis manos, en su afán de estar a la altura de las circunstancias,
hurgaron en cifras y estantes, escaparates y observaciones que alguna vez hice
al pasar. No tuve entonces más alternativa que aferrarme al anhelo de posesión.
Dentro de la burbuja que, dentro de la pecera, persistía en ahogarse en una
hoja de papel (y luego en otra burbuja, dentro de otra pecera). Pronto se
revelaría como falso el objeto de una aberración de la inteligencia que
arremetió a fuerza de palabrerío y elucubraciones contra el eje de mi propio
desatino.
Cobijado
por el sigilo de cada rincón que amenazaba con perderse, me rayó el aire del desamparo.
Fui acercándome despacio, buscando entrometerme en su mecanismo de líneas y
espacios, vacío y virgen, como todo aquello que se encuentra de frente con la
infinita métrica de un hallazgo. Así, me ocupé de susurrarle combinaciones
propias de las piedras y las flores, que vertía por la yema de los dedos dentro
del universo de palancas y rodillos. Mejor dicho, dentro del agujero negro que,
por casualidad (más tarde sabría que allí subsistía un propósito), suponía
conciliaba cada elemento particular con su par en simetría, y a toda la cosa
conmigo.
El
abandono. El cactus en el centro del galpón. Sustituido por la intrusión
monstruosa de la jerarquía en el despacho. Debajo de la mesa, ya sin manos, la
superficie compartida, y allí donde las cajas, los diarios, las sobras. No
obstante, un preludio.
El
traslado no tuvo sentido. Tampoco el porvenir de fondo de armario, de centinela
detrás de sombras abriéndose y cerrándose y abriéndose; y las toallas limpias,
los pelos en las toallas, las manchas de humedad y la ilusión de que al menos
durante unos días, todo estaba en su sitio. Que todo, aunque anónimo,
pertenece.
Ni
siquiera en mi mejor intento, podría haber superado la eficiencia de sus
acciones. A saber, el armazón de recursos a su disposición, embrague de
espacios, controles multicopias, interruptores, selectores de interlínea y
prensa papel, de amable manera, definieron la composición de referencias del
entorno erguido en la quietud de su esplendor. Reducido a carácter de testigo,
ofrecía los rituales como un intruso designado transitoriamente a tales
efectos. Del otro lado, aquel ídolo omnisciente y enorme, que sujetaba la
textura gris del espacio y el tiempo, bajo inmutables ademanes.
No
que haya sido ideada para aquellos propósitos. Tampoco que alguien hubiera
plantado un control a distancia en antenas y televisores, o acaso en mis
rodillas. De ninguna manera. Sin embargo, hubo momentos, incipientes destellos
que iluminaron la voluntad primaria de poseerla. La misma lanza de dedos y
artificios que arrojé durante el primer contacto con su escenografía, cuando
rodillos y palancas se tensaron como arcos de combate.
Mis
palabras fueron todo lo que pude. Pero nunca aquello necesario y suficiente
para que se activasen las alarmas y rodaran los sistemas. Al contrario. Ahora,
sin dudas en los cajones bajo llave, en bollos de papel, o de tinta en tachos
de basura y tazas de café, reconozco que la detonación en falso de mis labios y
mis dedos acertó con el objeto de protegerme. Porque mis labores no son los hechizos
de hueso, de ojos en la nuca. Menos que menos, allí donde sólo hay tablas para
monolitos verdes y metálicos.
En
su liturgia. La reina. Tipógrafa de cuanto no se pronuncia sobre mis lugares
comunes y secretos. De la vergüenza que duele como infancia y trompadas en la
panza, de miedo indecible. Ella, tecla, barra espaciadora, tecla. Para que, de
todos modos, no pase inadvertido. Supongo que por los invisibles. Por quienes
observan y oyen tan pero tan de cerca que, aquí adentro o allí afuera, son el ruido
de su engranaje, rodillo y marginador, que conozco y se confunden, noche y día,
con el silbido de un verdugo.
jueves
Caín y el desalojo
Difícil es determinar qué fue
primero. Si el encierro o el desalojo. Lo que ciertamente se puede establecer
es que el acontecimiento que antevino a la sucesión de hechos desafortunados,
de los cuales sin duda alguna me arrepiento, menos por culpa que por
incomodidad, fue la visita de la señora Rosa del tercero B.
Que las moscas, que algo cayó por la
ventana hasta su patio de papagayos y conejos, que el vapor sombrío y espeso
impregnando los espacios públicos del edificio, que los alborotos nocturnos,
las pesadillas exóticas e impropias, los sobres acumulados bajo el felpudo junto
a la puerta de mi departamento. Tantas cosas apenas nominadas.
Y así fue. Una tarde que se insinuaba
impávida como cualquier otra, mientras trazaba líneas de tiza sobre mapas
lejanos, planeando el escape, la trayectoria correcta hacia donde aquél no
pudiera seguirme, la señora Rosa, animosa vecina del tercero B, vino a
visitarme. Así lo definió, como una mera visita, empleando esa expresión tan habitual
como gentil, que no hace otra cosa que encubrir el verdadero propósito de
preparar el campo para la invasión y la conquista.
No debería haber abierto la puerta, girado
el picaporte, previamente dado vueltas a la llave. Nada de eso. Dije que me
arrepentía, y así es. De esta apertura a la que me condicionó sin reparos la
buena educación de mi madre. “Nunca niegues la entrada a las visitas, menos que
menos a las señoras de su casa, suelen ser las primeras a la hora de las
suspicacias y los chismes”. Tan claro el mensaje, cómo evitarlo.
Y allí estaba Rosa.
–Buenas tardes, Rosa. ¿Cómo está?
–Buenas tardes. Gracias, desde luego,
por recibirme –exclamó con su mirada inquiriendo cada recoveco de la sala que
podía alcanzar desde su posición –. Aquí tiene un pastel. No vaya a pensar que
es la sobra del almuerzo de Fausto y Arándano, pero qué lindos mis conejos. Es
especial para usted, sí, claro, ansiaba esta visita –dijo al tiempo que acercaba
el pedazo de masa símil chicle hasta casi darse con la punta de mi nariz.
–Bueno, sí, sí. No tenía por qué,
nada de esto. Tampoco lo otro, pero gracias. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?
–repliqué, mientras despachaba el pastel de chicle para posarse sobre la mesa
como un florero usado y sin flores.
–Mire –dijo. Y balbuceó más o menos
quince minutos acerca del estado del tiempo, de las recetas de otra señora de
otro piso tercero contra frente de otro edificio, de algunos gustos por
ejemplares onerosos de conejos asiáticos, de las inminentes elecciones para diputados
y senadores, y al final, cuando en realidad por primera vez en todo ese lapso de
palabras alcancé a entender con detalle de qué estaba hablando, dio nombre a
las moscas, los vahos inciertos, las almohadillas de cartas en los palieres, la
perturbación ruidosa en las madrugadas y a las pesadillas sucesivas y ajenas a
sus circunstancias y preocupaciones en ese momento, como si de otro vinieran a fastidiarla.
Mi consabida estricta educación para las relaciones sociales no me permitió faltar a la verdad. Menester
necesario y fundamental a fin de la conservación de aquél en su sitio y
profesión. Sin embargo, a veces, y a veces estas veces son muchas veces, los
buenos modales requieren de omisiones universalmente entendidas como piadosas
para que el aglomerado de los días y las calles funcione dentro de algún
ambiguo pero estable parámetro de normalidad.
–Rosa, sinceramente lamento las
molestias que pude haber ocasionado desde que me mudé a este departamento, ya
sea debido a cuestiones higiénicas, normas de convivencia o a incidencias de
otra naturaleza como las pesadillas a las que con extrañeza se refiere. Demás
decir que estoy dispuesto a solucionar cada una de estos inconvenientes, esperando
que tanto usted como el resto del consorcio me den el tiempo necesario para
darle punto final al proyecto que estoy llevando adelante minuciosamente desde
que noté que la consecuencia de ciertas actividades se extendían más allá de mi
departamento.
La señora Rosa vaciló unos instantes
antes de responder. Sus facciones fueron embestidas por el desconcierto, y todo
aquello que de su rostro se desprendía como amable hace unos minutos, no era
ahora más que inquietud y desagrado. También el tono de su voz y sus palabras
al responder denotaron la estupefacción a la que se encontraba sometida. No era
difícil adivinar que esperaba una respuesta más concreta, la especificación de
un problema doméstico y la solución posible. Algo como: “Disculpe, pronto me
encargaré de reparar los caños de la calefacción y de pasear al perro en el
horario que corresponde”. Pero la mentira no era una opción, y mi respuesta fue
apabullante.
–Mire –dijo. Al parecer ésta era su
muletilla. Como si fuera yo el que no estuviera mirando atentamente. A mi
alrededor. Por la boca del pasillo. Entre los portarretratos y hasta debajo de la mesa –. No sé a qué se
refiere con “ciertas actividades” o “punto final de su proyecto”, pero aquí lo
que importa es la salud física, psicológica y el bien estar de todos nosotros,
los vecinos. Le pido encarecidamente que sea lo que sea que tenga que hacer, lo
haga de hoy para el fin de semana. De lo contrario, no quedará más remedio que
la fuerza pública y el desalojo…
Otra vez el balbuceo y ya no oía nada.
Cuando uno está entre la espada y la pared, como suele decirse, el miedo se
escabulle como un pájaro al que le han quitado la jaula. Los últimos meses, aquél
y la difusión de pesadillas, las dietas, sus tórridos caprichos y la reducción
de mis quehaceres a la manutención de los suyos, la propia vocación sustituida
en forma y figura por aquello que adiestramos y a la vez nos adiestra sin
clemencia, urgente, definitivo, subyugándonos de tal forma que incluso un
preciso sistema de premios y castigos puede alcanzar a comportarse como un
régimen de felicidad. Todo esto y algunas otras cuestiones. Sólo existía margen
para la especulación de tiempos y espacios, pero no disponía de la menor posibilidad
de remisión.
El oxígeno que se detuvo, los
espasmos y los ojos fuera de órbita no fueron resultado de mis manos sobre
materia alguna. Tal vez, intuyo, hubiera obrado de la misma forma. Luego de
tanto tiempo, si así puedo llamarlo, éramos como el mismo. Sin embargo, esta
vez, toda la muerte de la señora Rosa era responsabilidad de aquél. El
pastelito de chicle había desaparecido. Los ruidos provenían de la cocina. Los
dientes y la saliva estirándose, o aquello que fuera, dentro y rodeando la masa
rosa, luego poseyéndola y así. Me detuve en el umbral a contemplarlo. No podía
enojarme, no podía hacer nada que no fuera sentarme a su lado, rodearlo con mis brazos, rezar un padrenuestro y mirarlo a los ojos como si fuera el espejo de un
cuarto en tinieblas un día de luna llena.
La conversación no se alargó más de
cinco minutos. Los mapas fueron a la basura y las tizas se arrojaron por la
ventana. La heladera quedó vacía. La ropa en llamas fue haciéndose ceniza con
el apuro correspondiente a los incendios. También los muebles tomaron parte en
el ritual de volver a lo que nunca fueron mientras tuvieron nombre. Quien me
conoce sabe que intenté cuidarlo, velar por su inocencia, y que por momentos lo
logré. Premios y castigos, sí, soledades hechas noche y día, pero fuimos felices
en el menester de ingeniar monstruosidades para ensoñaciones ajenas y comerciar
moscas con las estaciones de la miel. No quiso nunca responder las cartas de
mamá, aunque mantuvimos el orden suficiente para que las fechas fueran montañas
perfectas en continentes de barro y pelusa. También soleamos las paredes, pintamos
patas para caminar con los ojos y agrandar las escuadras de las cajas y los
espacios. Procuré entender cada centímetro y ejercitar la paciencia y el oficio
del contacto con la más fraterna naturaleza. Pero el mundo ya no era el sigilo
de la cartografía. La señora Rosa y posteriormente otras señoras y luego todos
los vecinos. La verosimilitud de los terceros no era admisible.
Por eso, la despedida no dejó duda
alguna de que habíamos obrado bien. No merecimos lágrimas desconsoladas ni tampoco indiferencia, más bien el hueso de lo que ha permanecido unido. Un saludo,
un gruñido, un poco de hambre y allí fue. Como otras cosas indigestas. Luego de
una siesta que interrumpieron las alarmas y las sirenas, el entorno volviéndose
contorno, y la luminosidad marginal de la hora del té, creo que un jueves o un
viernes, logré colocarme, entre espátulas y ejes equilibrados, dentro de la
bóveda que dentro de la caja no entraba nadie ya. Sólo el encierro y la
posibilidad de que algún próximo inquilino me tome por lo que he sido,
probablemente mucho tiempo después del desalojo. Así como yo hice con aquél.
miércoles
martes
viernes
jueves
viernes
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